11 Sep
11Sep

 Ya no quiero esperar, debo buscarlo. Ingreso lentamente en el bosque umbroso y fresco y camino por el sendero angosto, construido por el transitar permanente de los aldeanos que viven del otro lado. Los pájaros continúan su trinar armonioso, como si no hubieran advertido mi presencia.          Sé que él está allí, oculto entre los árboles, agazapado en la espesura, acechante, aguardando el momento para dar el salto. Pero no temo. He vivido demasiado en la ciudad de las carreteras abarrotadas, las casas enrejadas, los barrios sombríos poblados de habitantes agobiados por el miedo y la desconfianza. Este peligro animal, primitivo y salvaje me resulta atractivo, vital, excitante.
Mantengo el ritmo lento de mis pasos, que despiertan el crujir de las hojas secas que alfombran el sendero. Avanzo. Los árboles son cada vez más altos; sus troncos robustos dan una imagen de solidez inalterable, mientras sus ramas añejas se entrecruzan en lo alto, formando una cúpula por la que se filtran apenas los rayos del sol de invierno. Intuyo su presencia, moviéndose sigilosamente a mi paso, conservando la distancia, invisible y alerta. Sé que no va a permitir que escape. La semilla del miedo comienza a germinar en mis entrañas y trepa hasta mi boca tomando la forma de un grito sofocado. Pero es tarde para intentar el retorno. Tarde para desandar el camino, que a mis espaldas se pierde entre la espesura inexpugnable. Sigo adelante, atenta al cambio de sonidos que se ha ido generando con mis pasos. Las aves han callado. Las hojas, de verdes intensos y variados, parecen contemplarme. Una flor enorme, de rojo intenso y vibrante, se desliza entre las ramas para quedar pendiendo ante mis ojos. Siento su aroma, perturbador, intenso, cálido; exuda un líquido pegajoso que parece sangre. Esquivo su contacto y sigo adentrándome en la espesura selvática. De pronto, una docena de lianas desciende simultáneamente como un telón viviente, cerrándome el camino. El sendero ha desaparecido. Estoy atrapada. Él se acerca. Siento el crujir de hojas aplastadas por su peso. Giro con lentitud, el corazón saltándome agitado. Él está allí, inmóvil, vestido de una belleza imponente y sublime. Sus ojos amarillos me miran fijamente. Sé que va a saltar y lo espero: siempre supe que no iba a poder con él. Solo vine a morir entre sus fauces.

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